sábado, 25 de febrero de 2012

EL MITO DE LULA


El mito de Lula y el antimito de Dilma

La presidenta de Brasil pretende convertir en realidad lo que su predecesor vendió al mundo

 El mito de Lula, creado a través de sus méritos de genio de la política y de su biografía de niño pobre del norte que huyó con su familia a la rica São Paulo en busca de trabajo; y que de limpiabotas y vendedor ambulante, sin poder estudiar, pasó a fundador del mayor partido de izquierdas de América Latina y sindicalista de hierro, se nutre de superlativos. El antimito de Dilma está más bien basado en los diminutivos.
El mito de Lula quedó consagrado por Obama, cuando calificó al líder brasileño en la cumbre de su gloria de “político del mundo”. Su mito vendió al mundo no sólo las posibilidades aún en ciernes de un Brasil con mil sombras y lagunas, sino del país ideal donde todo, hasta la sanidad pública “había alcanzado la perfección”. A Lula le bastaba decir, fuera y dentro del país, que en Brasil ya no había pobres, que Europa tenía que aprender de aquí, o que se habían construido millones de casas populares, para que sus palabras se transformaran en la realidad percibida, porque los mitos no se equivocan ni son discutidos. Pero Lula también creó realidades muy concretas, como la llegada a la clase media de 30 millones de pobres. El mantenimiento de la política económica liberal de su antecesor Cardoso, fue imprescindible para devolver a Brasil su orgullo nacional perdido y proyectar el país a nivel planetario haciéndolo objeto de deseo de los empresarios de medio mundo.
¿Y el antimito de Dilma? Curiosamente a ésta la llevó al poder Lula con la fuerza de su popularidad y la promesa de que ella continuaría el mito de un Brasil ya perfecto. Dilma, sin embargo, ya en su primer año de gobierno se ha revelado como un verdadero antimito. Su fuerza es la ausencia de hipérboles; su eficacia, la fuerza de sus gestos simbólicos. Lula gritaba, Dilma susurra o grita sólo en privado a los ministros que no ofrecen resultados en su gestión. Habla poco, no le gusta aparecer. Trabaja en el palacio presidencial todo el día. Sale sólo lo indispensable y, en general, de mala gana.
Dilma se ha granjeado el consenso de la clase media que no la había votado
¿Cómo se explica que en un país acostumbrado al mito de Lula que lo ocupaba todo con la fuerza de su carisma, la discreta Dilma le haya superado —y ampliamente— en consenso popular tras un año en el Gobierno y apareciendo justamente como un antimito? Aunque es aún pronto para responder a esa pregunta, algunas respuestas empiezan sin embargo a pergeñarse. A los brasileños les está agradando el carácter simbólico y antihéroe de Dilma que ha usado muy poco su biografía de ex guerrillera, de ex presa y ex torturada durante la dictadura militar, y que es capaz de no negar lo que a Brasil le falta aún para ser de verdad un gigante americano.

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