jueves, 12 de noviembre de 2015

MIERDA HASTA LA BANDERA

MURO DEL CHICLE. La gente celebraba eventos, tales como el Día de San Valentín, frente a la tradicional pared (Wikipedia).
MURO DEL CHICLE. La gente celebraba eventos, tales como el Día de San Valentín, frente a la tradicional pared (Wikipedia).
MURO DEL CHICLE. Alrededor de 1999 se empezó a considerar al sitio como una atracción turística.
MURO DEL CHICLE. Se estima que el proceso de limpieza a vapor del sitio se extenderá por 3 o 4 días.
MURO DEL CHICLE. Si bien se encaró un proceso de renovación de todo el exterior, los responsables del lugar admiten que la gente volverá a pegar chicles sobre los muros en poco tiempo.
MURO DEL CHICLE. Se calcula que en promedio había 150 pedazos de chicle por ladrillo.
Determinar cómo nacen ciertos íconos urbanos puede ser un misterio. A primera vista, no hay razón lógica por la cual el público decidió detenerse en una determinada esquina, o convertir tal o cual monumento en un punto de referencia. A fuerza de costumbre, repetición y algo de mística, ciertos lugares simplemente se ganan un lugar en la consideración popular. Y no hay más vuelta que darle.


Algo de esto pasó con el Muro del Chicle. A lo largo de los últimos 20 años, las paredes que conforman el callejón de salida del mercado Pike Place, ubicado en la zona centrica de Seattle, se convirtieron en una atracción por el hecho de "coleccionar" pedazos usados de chicle que la gente iba pegando sobre ellas. Así, desde bodas y citas por el Día de San Valentín hasta los turistas recién llegados a la ciudad, todos querían su foto frente al casi millón de chicles que se estima llenaban toda la superficie.

Alguna vez considerada uno de los 5 atractivos turísticos con más gérmenes del mundo, al Muro del Chicle le llegó finalmente la hora del fin. O, más bien, de volver a empezar. La municipalidad de la ciudad decidió encarar un proceso de limpieza a vapor del sitio, preocupado por la contaminación que generaba, además del deterioro que le ocasionaba al edificio.  



La historia comenzó en 1993, cuando la gente que hacía la cola para entrar a un espectáculo de stand up que se desarrollaba en el edificio empezó a pegar sus chicles a lo largo de la pared sobre la que se apoyaban. En el callejón había una caramelera, solo que llena de chicles. De esta manera, el público podía además tener siempre material a mano con el cual seguir alimentando el "collage" urbano. Inclusive hubo quienes se animaron a hacer pequeñas piezas de arte con sus restos, interviniendo las configuraciones que ya se encontraban hechas. 

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