Por Marco Bustamante
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Juan Carlos Gutiérrez es de Navarro, jamás se había subido a un barco, ni lo volvió a hacer después de los acontecimientos que enlutaron a la Nación.
Se encontraba en su camarote en el instante exacto que impactaran los torpedos. “Antes del estruendo yo me estaba por acostar, venía de tomar mate. Cuando escuchamos la explosión se vinieron todas las camas abajo. Salimos del camarote y ya teníamos el agua en la cintura”, contó.
Cuando llegó a la cubierta principal, corrió por la borda y vio delante de la torre uno a un cabo principal que estaba quemado. Al barco ya le faltaban 15 metros y su hundimiento era inminente.
“Me tiré arriba de una balsa pinchada. Ahí eramos 12 que estábamos bien y uno que parecía haber tragado petróleo. De a poco empezamos a remar con lo que teníamos a mano para poder alejarnos del lugar. Hacíamos unos metros y el barco nos arrastraba de nuevo para aplastándonos contra el casco”.
“Cuando el buque se dio vuelta de campana para hundirse íbamos a unos 80 metros. Teníamos un gran susto, uno piensa lo peor. Pasaron las horas y el lunes a la madrugada se escuchaban en la oscuridad los gritos, pero no podíamos hacer nada. Éramos insignificantes, unas pocas balsas de emergencia flotando en el Atlántico Sur, mientras intentábamos resistir a las mareas, el viento y el frío”.
Radio chilena le advirtió todo
José Arturo Cáceres, del Regimiento Infantería 25 de Sarmiento (Chubut), recuerda perfectamente la noche en la que pudo captar con su radio de onda corta la frecuencia de la estación chilena Colo Colo.
Estaba haciendo guardia en la torre del aeropuerto internacional de Puerto Argentino. No era común que emisoras del continente llegaran a ese lugar, fue un instante, que tal vez por propagación, un fino hilo de señal atravesó el éter y les permitió escuchar la lectura del teletipo: “El Belgrano había sido hundido”.
Rápidamente y por reflejo, los dedos del joven conscripto soltaron las perillas del aparato a lámpara y terminaron en su cabeza. Nadie en esa habitación lo podía creer. La noticia fue devastadora. La conmoción pudo durar solo unos minutos, porque ellos mismos estaban en un punto estratégico y podían ser los próximos en ser atacados.
En el frente, sin tiempo a nada
Daniel Torres integraba el Regimiento Infantería Mecanizado General. Viamonte, tenía 19 años y cumplía con el servicio militar obligatorio. Como tantos otros, era un pibe común que jugaba en la calle y le gustaba salir de pesca con sus amigos de la localidad de Navarro, en la provincia de Buenos Aires.
Cuando le llegó la carta para presentarse en el cuartel se dirigió a su unidad completamente descreído, tan es así que ni abrigo llevó, él pensaba volver a la tarde. Nunca se imaginó que iba a participar de un conflicto bélico.
A la distancia, y en voz alta, se pregunta si: “¿Sabía en aquel momento que significaba tal cosa?”. Cuando bajó del avión en el archipiélago, lo enviaron a la primera línea de combate y en ese instante dejó de tener noticias del mundo. “Nosotros nos enteramos del hundimiento recién cuando volvimos. Ahí en la trinchera no sabíamos qué pasaba. Estábamos en nuestro mundo”