La increíble historia de la joven que cayó por un acantilado con su auto y fue rescatada viva 7 días después
Ángela Hernández sufrió un derrame cerebral, fractura de las dos clavículas y cuatro costillas, un pulmón colapsado y otras lesiones en los ojos, los pies y las manos/s3.amazonaws.com/arc-wordpress-client-uploads/infobae-wp/wp-content/uploads/2018/07/17130922/Captura-de-pantalla-2018-07-17-a-las-10.16.36-AM.png)
Al séptimo día, la familia de Ángela Hernández estaba ofreciendo 10.000 dólares de recompensa por información que permitiera traerla sana y salva de vuelta a casa.
Fue entonces cuando una pareja que estaba paseando por los acantilados del parque Big Sur, en California, la encontró.
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Con un derrame cerebral, las dos clavículas y cuatro costillas fracturadas, un pulmón colapsado y otras lesiones en los ojos, los pies y las manos, Hernández había sobrevivido una semana después que su auto cayera más de 60 metros en un acantilado al borde del Océano Pacífico.
"La vida es increíble", escribió Hernández en el hospital.
La joven de 23 años, de Oregon, iba de Portland al sur de California en su Jeep Patriot por la carretera 1 cuando un animal se le cruzó en el camino. Al esquivarlo perdió el control del vehículo.
En ese momento hubo un lapso que no logra recordar.
Lo primero que le vino a la mente al recuperar el conocimiento fue su hermana Isabel, y empezó a gritar su nombre, según relató en un mensaje en su cuenta de Facebook con las fotos que acompañan esta historia.
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Su Jeep estaba parcialmente sumergido en el mar. Logró salir, nadó hasta la orilla y se quedó dormida, no sabe cuánto tiempo.
Al despertar aún era de día y le dolía todo el cuerpo. Allá arriba, bien alto, los autos pasaban, y ella no podía creer que sus gritos pidiendo ayuda fueran incapaces de llegar a oídos de alguno de los que pasaban.
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Le fue imposible recuperar un galón de agua que llevaba en el auto, y con una manguerita que evidentemente había saltado durante la caída logró tomarse el agua que salía a gotas de una placa de musgo.
Y así empezó a pasar el tiempo. Se despertaba en medio de la niebla, caminaba de un lado a otro gritando "ayuda", buscaba el agua…
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"Mentiría si digo que las cosas fueron haciéndose más fáciles con el paso de los días", escribió Hernández. "Nunca fue así. Lo que sí se hacían previsibles".
Canciones que llevaba años sin oír empezaron a llenarle la cabeza. Soñaba con lo que comería cuando la encontraran, y se imaginaba el rostro de la persona con la que eventualmente iba a encontrarse.
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