17 de octubre de 2019
La culminación de un proceso nunca visto en nuestra historia
17 de octubre, el día que cambió la Argentina

Juan Perón sabía que la Argentina era una presa de esa batalla entre el imperialismo saliente, Inglaterra, y el naciente, los Estados Unidos. Su impacto en estas tierras no se hizo esperar. El regordete y rubicundo embajador norteamericano, Spruille Braden, detestaba el ascenso del nacionalismo argentino. Había aterrizado en Buenos Aires el 21 de mayo de 1945 y su tarea era, precisamente, liderar la oposición contra los militares encabezados por Perón porque su país no confiaba en su tardía declaración de guerra contra el Eje. Un anticipo de la base social del embajador habían sido las movilizaciones de la oposición argentina saludando el fin de la guerra. (…) Braden aprovechó la situación para colocarse en la cresta de la ola y ayudar a la conformación de la llamada Unión Democrática integrada por radicales, socialistas, comunistas y demócratas progresistas, partidos en los que se expresaba no sólo la vieja oligarquía, sino también gran parte de la clase media urbana. Entre los militares argentinos, la Marina, de tradición británica, encontró una mayor inclinación a cooperar con la remoción del vicepresidente Perón y el presidente Farrell. Pero el mayor objetivo de la oposición era, sin duda, sacar al coronel al que consideraban el sostén político central del régimen. Perón resistió. Convocó a los trabajadores para enfrentar la ofensiva sostenida por los líderes opositores con apoyo de la embajada norteamericana. El 20 de agosto, en la Secretaría de Trabajo y Previsión, con un numeroso grupo de encargados de casas de renta definió que en el país luchaban dos grandes bandos: “los menesterosos millonarios que exigen que el Estado no intervenga para distribuir un poco la riqueza entre los que todo lo poseen y los que nada poseen. Podemos decir hoy que el problema está planteado entre dos grandes bandos, los que se aferran a su dinero y los que luchan por dar a sus hijos el pan para su cuerpo y para su espíritu. Sostenemos que queremos la democracia pero la queremos sin oligarquía, sin fraudes, sin coimas, sin negociados, sin miseria y sin ignorancia. Los obreros han de recordar que no deben ser –y no lo serán– instrumentos de ninguna fuerza ajena a su propio derecho y a su propia justicia”. Los días posteriores, Perón se reunió con muchos trabajadores más: ferroviarios, ladrilleros, estatales. El desafío estaba planteado. (…) La Unión Democrática, encabezada por Braden, realizó la llamada Marcha de la Constitución y la Libertad el 19 de setiembre de 1945, que juntó unas 200 mil personas, donde convergieron, en un gran malentendido histórico, por igual, la izquierda y la derecha del “viejo país”. (…) La protesta se inició en la Plaza de los Dos Congreso y finalizó en Plaza Francia, donde se leyó una “proclama democrática”. Otro mal entendido histórico que definirá que “la democracia” y “la república” eran ideales que sólo podían tener las fuerzas políticas de las clases medias y ricas y no de los trabajadores. Previendo la conmoción social y la resistencia creciente de los trabajadores, el embajador norteamericano se fue del país el 23 de setiembre de 1945. La oposición apañada por la embajada norteamericana en Buenos Aires, los “republicanos”, estaban dispuestos a voltear el gobierno. Porque las consecuencias políticas de la marcha de la Unión Democrática no se hicieron esperar: querían la cabeza de Perón y no sólo por su liderazgo con los trabajadores sino también por su relación con Eva a quien consideraban, atizados seguramente por la envidia de sus mujeres, una mala influencia. (…)
El 8 de octubre las fuerzas militares de Campo de Mayo al mando del general Eduardo Ávalos, ex líder del GOU, exigieron la renuncia y detención de Perón. El 9 de octubre, un día después de cumplir 52 años, Perón fue obligado a renunciar a todos sus cargos: el presidente Edelmiro Farrell le había soltado la mano. Por esas horas, algunos militares fieles le sugirieron a Perón reprimir a los cuarteles sublevados, renunciar a la Secretaría de Trabajo, y continuar como vicepresidente y ministro de Guerra. Él no lo hizo. No estaba dispuesto a disparar contra nadie. (…) El 10 de octubre, los trabajadores rodearon a Perón. Luego de una visita de distintos gremialistas a su departamento de la calle Posadas, los obreros organizaron una concentración espontánea frente a la Secretaría de Trabajo y Previsión, a modo de despedida de Perón. Casi sesenta mil obreros asistieron para escuchar al ahora ex vicepresidente. “No voy a decirles adiós sino ‘hasta siempre’, porque desde hoy en adelante estaré entre ustedes más cerca que nunca. Y lleven, finalmente, esta recomendación de la Secretaría de Trabajo y Previsión: únanse y defiéndanla, porque es la obra de ustedes”.
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