Confesiones desde un matadero de animales: "Cada día sacrificábamos fetos y vacas preñadas"

Historias

Imágenes tomadas por Mauricio García en el matadero de Limoges. Asociación L214
El español Mauricio García Pereira relata en un libro su paso por el matadero de Limoges, el más grande de Francia, tras el escándalo que generaron sus denuncias hace tres años
"Lo primero es el olor. Un olor a putrefacción y mierda, intenso, casi insoportable. El olor de la muerte".
El matadero municipal de Limoges está a unos 3 kilómetros del centro de la ciudad, al otro lado del río Viena. Es el matadero municipal más grande de Francia y uno de los mayores de Europa. Ocupa cerca de cuatro hectáreas y da trabajo a 85 empleados. Cada año se sacrifican allí dentro 25.000 toneladas de carne. Y dicen que cuando sopla el viento, el olor a muerte del que habla Mauricio se te incrusta a kilómetros de distancia.

Mauricio García Pereira es un gallego emigrado a Francia por amor, hijo de granjeros españoles. Encadenó trabajos basura en Limoges hasta que aceptó currar en el matadero local para poder pagar la pensión de sus hijos y no tener que dormir en el coche. Era el año 2010. "Me recomendó una empresa de trabajo temporal. Fui a la entrevista, me enseñaron fotos de animales muertos, degollados, imágenes de sangre, cerdos, vacas, terneros... Me preguntaron si me daba miedo, si tenía vértigo o si me impresionaba el olor o la sangre, el ruido... Y les dije que no, que necesitaba trabajar, que había crecido en una granja y que sabía lo que era estar con animales, verlos muertos y matarlos para comer. Me pagaban unos 1.500 euros netos el primer mes, así que ni problemas de animales ni leches".
Lo que vino después es una pesadilla que relata ahora en el libro Maltrato animal, sufrimiento humano (ed. Península), un relato en primera persona que pretende revelar el lado más oscuro de los mataderos. "Le he dado mucho al matadero", cuenta ahora. "Me he dejado la salud y por poco me peleo cuchillo en mano con un jefe: allí he pasado casi siete años, largos como una vida eterna. He vivido un descenso a los infiernos y después un minuto de gloria. He sido víctima de ese sistema y me niego a seguir siéndolo. Por eso he decidido convertirme en el primer trabajador de ese mundo cerrado que da su testimonio a cara descubierta".
¿Recuerda la primera vez que entró al matadero?
Fue impresionante. No me esperaba ver tantos animales. Estaba en una cadena por la que pasaban 35 vacas a la hora, que no paraba nunca. Sonaba el ruido de una sirena y la cadena avanzaba. Recuerdo el sonido y ese olor a sangre seca que te obliga a aprender a respirar por la boca.
Recién llegado a la empresa, Mauricio se encargaba de aspirar la médula de las vacas, aún bajo los protocolos que se implantaron por la enfermedad de las vacas locas. Luego pasó a hinchar cabezas de ternero con una pistola de aire comprimido para que flotaran en agua hirviendo como si fueran pelotas de baloncesto. "Hacía de todo pero aceptaba cualquier cosa que me pedían. Coge esta mierda, la cojo. Mete esas tripas en el cubo, las meto. Esa cabeza también, pues también".
Durante años, Mauricio sobrevivió en unas megainstalaciones sin ventanas, atrapado por el ruido de los ganchos que chocan entre sí, los gritos de los animales, aullidos de sierras y taladros, sirenas, charcos de sangre, mierda de animal... "Si preguntaba cualquier cosa me decían: Cállate la boca, agacha la cabeza y haz tu trabajo. Y si no estás contento, lárgate".