Tengo 22 años y esta es mi experiencia ingresada durante un mes en un psiquiátrico
Me sentaba fatal que trataran de animarme diciendo: "¡Si tienes toda la vida por delante!"

Todavía no he escuchado a ningún especialista llamar por su nombre a lo que me ocurre. Como si el hecho de no mencionarlo me mantuviera a salvo. Sí que lo he leído en algún informe: tengo un trastorno ansiodepresivo y otro de la personalidad, lo que me provocó una depresión grave y me llevó un mes al psiquiátrico. Otra palabra, "psiquiátrico", que por cierto nadie ha pronunciado en mi presencia, como si el hecho de no mencionarlo lo convirtiera en un lugar más habitable. Pero vayamos al principio de esta historia.
En la secundaria sufrí bullying escolar. Yo era la gótica del instituto. Empezaron llamándome "¡gótica!" con voz de asco. Hasta ahí, ni tan mal. Pero luego empezaron los insultos reales, las bolas de papel, las burlas, los empujones, las tortas, las risas, la basura, más risas, las piedras.
Dejé de mirar a la gente a la cara. Acabas creándote una coraza de indiferencia y desinformación. Un día en el patio un chaval vino a decirme que le gustaban mis botas. Creía que era de la pandilla de los que se burlaban de mí, que para mí eran todos, porque, insisto, ya no les miraba a la cara. Le contesté que más le iban a gustar estampadas contra su rostro. Volvió asustado con sus amigos, pero me lo había dicho de verdad. "¿Pero qué le he hecho yo para que me hable así?", lamentaba. Le estaba devolviendo lo que me habían dado. Y me había equivocado.
Entre los 15 y los 16 años, comencé a identificar síntomas de ansiedad, sobre todo social. Me costaba mucho relacionarme con personas desconocidas y estar rodeada de más de tres me consumía mucha energía. En mi entorno eché en falta el respaldo necesario. Había quien me decía que solamente buscaba atención. Obviamente, la necesitaba, estaba pidiendo ayuda, pero estas respuestas hicieron que me saboteara a mí misma.
Por suerte, sí encontré apoyo en mi madre. "María, ¡claro que no es justo lo que te hacen!", me decía. Y continuaba: "Pero ¿qué vas a hacer? ¿Quieres dejar de ser tú o seguir siendo tú misma?". "¡Yo quiero ser yo!", contestaba llorando mocos por la nariz. Pero, de algún modo, ser yo ya se había convertido en algo malo. El estigma me había ganado.
Mi madre me animó a visitar al médico. Pero claro, en la consulta no fui capaz de explicar nada más que mi miedo a las aglomeraciones de gente. Obtuve un diagnóstico (equivocado) de agorafobia y una terapia inadecuada. Sencillamente, no comprendía bien lo que me ocurría, de modo que era imposible que acertara con las palabras para definirlo.
La siguiente escena nos lleva hasta Barcelona, adonde me marché desde Ibiza (donde nací en 1996) a una escuela de ilustración. El primer año fue la monda, porque estaba haciendo lo que me gustaba, era yo, en otro sitio, lejos de quien me había hecho daño. Pero el segundo, me di cuenta de que arrastraba las repercusiones psicológicas de mi pasado. Había días en que intentaba ser feliz, pero en otros era completamente imposible.
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