
Tras Lisboa y Milan, con la final en el Wanda Metropolitano, técnico y club suspiran por la Copa que corone la mejor época de su historia
Hace nueve meses, junto al viejo Stamford Bridge, la única sonrisa que entró al autobús del Atlético fue la del Mono Burgos. «¡Una foto, Germán!», le suplicaba uno de los numerosos aficionados rojiblancos que creía en el milagro. Eran poco más de las 23.00 horas en Londres y ya hacía un buen rato que la Champions le había dado esquinazo a Simeone. Y no por el empate de aquella noche ante el Chelsea, sino por las dos bofetadas previas del anónimo Qarabag. Esa accidentada aventura del curso pasado, la mancha más grande del técnico argentino en sus siete años al mando, aún late como una herida infectada en cada poro del vestuario rojiblanco.
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