Colosos eléctricos escondidos bajo tus pies
El milagro de la luz requiere que el subsuelo de la ciudad acoja una subestación para rebajar hasta mil veces su tensión. Solo en Madrid hay cien. Visitamos una de las más grandes.
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Lo hacemos todos los días. Con un dedo y casi sin darnos cuenta. Encendemos interruptores sin pensar en el complejo viaje de la energía eléctrica desde las grandes centrales térmicas, nucleares, eólicas o hidroeléctricas hasta nuestras viviendas. Sin ser conscientes de que parte del milagro ocurre justo bajo nuestros pies. La energía llega a la ciudad como un torrente que hay que domesticar para que pueda acceder luego dócil a las casas. Una transformación que, en el caso de Madrid, se produce en un centenar de subestaciones gigantes repartidas por su subsuelo. EL PAÍS ha visitado una de las más grandes, ubicada bajo el aparcamiento de la plaza de toros de Las Ventas.
Nada más bajar las escaleras, se percibe un ligero zumbido que amplifica la soledad de las inmaculadas salas de la subestación eléctrica. Es la energía eléctrica circulando por este complejo. Un búnker de hormigón, sin ventanas, con techos de hasta cuatro metros y suelos brillantes. La electricidad llega hasta allí por gruesos cables de alto voltaje con una tensión de 220 kilovoltios — la unidad de medida del potencial eléctrico para trasladar la energía de un punto a otro, algo parecido a la presión del agua en una tubería—. Una tensión que le permite viajar pero que la hace inhábil para consumir. Es necesario adaptar ese torrente de 200kV a una baja tensión de 220 voltios, el voltaje con el que pueden funcionar los electrodomésticos en hogares, negocios y oficinas.
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