De todos los desenlaces posibles a la fabulosa narración conjunta realizada por Nadal y Del Potro en las semifinales de los Juegos Olímpicos, el acontecido fue acaso uno de los menos imaginables. Sí, al día siguiente ambos volvieron a jugar, en distintos frentes, pero fue éste el mejor partido de la competición, uno de los mejores de los últimos tiempos. Después de aguardar la sentencia con servicio de Juan Martín del Potro y de neutralizar a continuación tres amenazas sobre su propio saque, Rafael Nadal vestía nuevamente la coraza del tenista infalible, del pistolero que ni siquiera rematado varias veces puede darse por muerto, la misma que se calzó en el encuentro por el bronce contra Nishikori. Del mismo modo que volvió a la pegada demoledora de otro tiempo, Delpo recuperó pronto en la memoria la imagen de aquel joven salvaje al que sabía por experiencia propia que más valía ganar por aplastamiento. En caso contrario, el chico siempre encontraba un golpe de más. Era una roca en las distancias cortas. Volvía a serlo en la renovada rivalidad a la que cabe desear largos años de vida.

La sorpresa llegó cuando, sofocada también la bala más cercana con el gigante en poder de la primera palabra, ya vislumbrada su media sonrisa de incredulidad y desesperación, al español se le fue la mano en un impacto que seguramente no precisaba tal grado de temeridad. Al fin y al cabo, aún en desventaja en el marcador, todavía a un paso de la calle, Nadal contaba con su más que afianzado poder intimidatorio. Tal vez podría haber bastado para poner fin a las tres horas de confrontación intentar dilatar la pelea y esperar que al de Tandil terminaran por pesarle los errores cometidos cuando dispuso de su saque las ocasiones pifiadas después y el lastre amargo de no afinar en la primera oportunidad de dejarse caer jubiloso sobre la lona del recinto, como sí pudo hacer después, gracias al trance inesperado, al error de quien no acostumbra a cometerlos, a la concesión de alguien que jamás se ha caracterizado por ellas.
En un duelo para valientes, el zurdo tiró de atrevimiento y vio cómo el también admirable e impresionante Delpo, resurgido de las sombras de una sucesión de desgracias con apariencia irremediable, prolongaba su increíble aventura, concluida con una plata dorada tras perder la final contra Andy Murray. De algún modo, el Nadal finalmente abatido en las semifinales de los Juegos Olímpicos de Río había sido siempre una fuente de inspiración, no sólo a la hora de acometer los lances definitivos del juego, también en la entereza y la constancia para hacer frente a los crueles episodios de fatalidad.
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